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A Fuego Lento

Crónica de un terremoto ‘deja vú’

Crónica de un terremoto ‘deja vú’

Habían pasado 34 años de aquella gran herida que dejó el terremoto de 1985 en la Ciudad de México.

Como una trágica coincidencia de la tragedia ocurrida el 19 de septiembre poco después de las 7 de la mañana de aquel lejano año, el mismo día pero de 2017 volvería a ocurrir otro movimiento de tierra que sacudiría a los capitalinos.

Como una premonición, el 7 de septiembre de 2017 un terremoto de magnitud 8.2 grados se registró a las 23:49 horas, con epicentro en el Golfo de Tehuantepec, afectando en su mayoría al estado de Chiapas y Oaxaca y fue el movimiento telúrico más fuerte desde el terremoto de Jalisco-Colima de 1932.

El patriotismo de las fiestas de la Independencia cobijó a los afectados que sufrieron los estragos del desastre natural que despertó a muchos y que llevó al sueño eterno a más de 100 personas.

Pasaron los festejos patrios y llegó el 19 de septiembre con una vibra solemne por los recientes acontecimientos además del memorial y simulacro de sismo que se realiza anualmente.

La confianza de que cada año sólo sonaba la alarma sísmica propició que muchas personas no acataran los planes del simulacro, por lo que se ignoró la alerta.

El día continuó su curso: oficinistas corriendo por los corporativos; aulas de todos los niveles educativos abarrotadas; la ciudad que ‘nunca descansa’ estaba en su apogeo.

Pero pasado el mediodía, a las 13:14 horas, un nuevo movimiento sacudió a la CDMX.

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Un terremoto de 7.1 grados con epicentro entre los estados de Puebla y Morelos, evadió las alertas sísmicas y golpeó a la ciudad al mismo tiempo que sonaban las alarmas.

Morelos, Puebla, Tlaxcala, el Estado de México, Guerrero, Chiapas, Michoacán, Oaxaca y Veracruz también se vieron involucrados.

Pero la Ciudad de México, por el suelo fangoso donde se extiende la mayor parte de la mancha urbana; y por la densidad de población, lo resintió en mayor medida.

Una vez más la ciudad quedaba acongojada y con la incertidumbre luego de que los servicios de telefonía fallaran, lo que hizo a muchos volver a la radio y a la televisión.

En la mayoría de los canales de ambos sistemas comenzaban a salir los flashes informativos que reportaban los daños: edificios caídos, incendios, interrupción en los servicios de transporte públicos, así como tráfico y marejadas de personas desconcertadas caminando en las calles.

Inmediatamente, empujados por el instinto y la humanidad, las personas que vieron edificios caer no dudaron en brindar su apoyo y, sin importar estratos sociales ni condiciones, se lanzaron sobre los escombros para ayudar a las personas atrapadas bajo pisos enteros.

Se reportaron colapsos en colonias como la Roma, la Condesa, además de afectaciones en edificios de avenidas como Tlalpan, Miramontes, División del Norte, Viaducto y Eje Central, por decir algunas.

Más adelante se conocerían los dramas de la Roma, la Del Valle y sobre todo el desplome del Colegio Rébsamen y del Tec, campus Ciudad de México.

Los días siguientes fueron para la remoción de escombros, la búsqueda de personas, donación y entrega de víveres, reconstrucción y noches de insomnio acompañadas de sirenas de ambulancias y un temor que se acrecentaba con cualquier ruido o cualquier movimiento inesperado.

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