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“Solo debería haber dos partidos como en EU”

Foto: Especial

Hoy Estados Unidos despierta tras sus elecciones, resultados aparte, y en México nos encontramos ya en pleno proceso electoral para el próximo junio. Con los superdelegados y secretarios del presidente López Obrador buscando la mitad de las gubernaturas en juego y la oposición amontonándose en algo llamado ‘Sí Por México’, no son pocos quienes dicen que “solo debería haber dos partidos como en EU”. Bueno, aquí ya vivimos ese modelo, lo llamaron ‘PRIAN’.

Es verdad que las elecciones estadounidenses se reducen a una decisión entre dos sopas, los Republicanos o los Demócratas. Pero es mentira que el sistema electoral solo permita dos partidos. Tan solo en estos comicios hubo otros 6 candidatos presidenciales de partidos como el Libertario —que aspira a desaparecer cualquier tipo de gobierno—, el Verde —que sí es verde ambientalista y no verde billete como el nuestro—, o el Constitucional —que defiende como únicas leyes verdaderas la Declaración de Independencia, la Constitución y la Biblia—.

Pero si hay una baraja tan amplia, ¿por qué solo se habla de Demócratas y Republicanos, de Trump y Biden? Pues porque el régimen político que rige Estados Unidos —el llamado ‘establishment’— está diseñado para mantenerlo así. Esto para conservar los intereses políticos y económicos que defendían, incluso, los propios Padres Fundadores que declararon la Independencia de Inglaterra para evitar pagar impuestos.

El ejemplo más sencillo de esto es el hecho de que, aun para elecciones federales, cada estado tiene sus propias leyes y normativas electorales para que un candidato pueda aparecer en la boleta. La mayoría de estas regulaciones piden firmas que van desde 5 mil hasta 25 mil para ser registrado como candidato en ese estado. Esto representa una problemática de recursos materiales, humanos y económicos que solo los partidos grandes pueden costear.

Volviendo a México, fue Carlos Salinas quien, tras el fraude de 1988, consideró pertinente pasar de un régimen de partido único a uno bipartidista para permitir, cuando menos, la ilusión de democracia y teniendo justamente al modelo Demócrata-Republicano de EU en mente. Para esto, decidió no echar a andar la maquinaria del PRI en elecciones que este disputara con el PAN, puesto que la agenda de este partido empataba perfectamente con su proyecto político.

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Tras obtener su primera gubernatura —Baja California, 1989 con Ernesto Ruffo— y formando coalición en el Congreso de la Unión para que Salinas pudiera sacar sus reformas constitucionales, quién sino el ‘jefe’ Diego Fernández de Cevallos aclararía las cosas al decir que el PAN estaba “cogobernando con el PRI”. Y así fue, tanto que el plan para las elecciones de 1994 era que los dos hombres más cercanos a Salinas, Diego por el PAN y Luis Donaldo Colosio por el PRI, disputaran la Presidencia, pero los organizadores de la gira a Lomas Taurinas no lo quisieron así.

Hacer las cosas “como en Estados Unidos” le funcionó tan bien a Salinas y compañía que siguió por 30 años con 2 alternancias. La del priista Ernesto Zedillo al panista Vicente Fox en el 2000 y la del panista Felipe Calderón al priista Enrique Peña Nieto en 2012. Alternancias que, “como en Estados Unidos”, no se tradujeron en el más mínimo cambio gubernamental y, por el contrario, tuvieron que recurrir a fraudes y demás atropellos para salvaguardar el incuestionable modelo.

Porque, una vez pasada la adrenalina electoral en la que se lanzan acusaciones y se prometen las lunas de Júpiter, ¿qué se notó menos? ¿La alternancia de Calderón a Peña o la de Bush padre a Clinton a Bush hijo? Salvo los nombres en el gabinete —y a veces ni eso—, los cambios fueron meramente estéticos. Mientras que avanzaban su agenda, estas fuerzas también marginaban a las voces discordantes que proponían romper con ella.

Ahora bien, la queja ciudadana viene en gran parte por el enorme presupuesto público que se destina a mantener partidos políticos. Los cuales se terminaron volviendo meras franquicias regaladas para darles más espacios en donde cobrar a los aliados, como ha hecho históricamente el PVEM, o para ganarse a los adversarios al darles una repartición mínima del pastel, como le terminó de ocurrir al PRD que de una fuerza disruptiva para el modelo pasó a ser patiño de este.

La solución a esto parecería clara: retirar el financiamiento público a los partidos. Sin embargo, de superar el entramado político-económico del modelo mexicano para lograr tal reforma, tendría que hacerse tomando las previsiones necesarias para no permitir un entramado político-económico similar al de EU. Donde el modelo bipartidista está acompañado del respaldo de grandes capitales que, a su vez, permiten aspectos como el control mediático de los procesos electorales.

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