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Cultura

“Para los niños migrantes, la violencia empieza en casa y en familia”: Juan Pablo Villalobos

Juan Pablo Villalobos
Foto: Especial

Hace tres años Juan Pablo Villalobos ganó el premio Herralde 2016 con la novela No voy a pedirle a nadie que me crea, una sátira que aborda tres de los principales dramas que padece México: el crimen organizado y su violencia, los desaparecidos y la migración.

Su siguiente libro fue un encargo y ya venía gestándose desde 2014, pero su aparición coincidió con la crisis migratoria de 2018, en particular por las caravanas de hondureños que decidieron viajar en masa para mitigar la pesadilla de cruzar México en su ruta a EU.

Pero, sobre todo, Yo tuve un sueño (Anagrama) se publicó en medio de la polémica por la separación de niños centroamericanos, en su mayoría, separados de sus padres e internados en virtuales campos de concentración por la política antiinmigrante de Donald Trump.

A fines de 2018, Villalobos accedió a responder vía WhatsApp desde España, donde vive, a algunas preguntas sobre estas historias, poco antes de la investidura de Andrés Manuel López Obrador como presidente. Ahora, con el viraje radical en la política migratoria, las respuestas del escritor, inéditas, están tan vigentes y la situación de los migrantes empeora.
Justo el título completo del libro de entrevistas-crónicas con menores de Villalobos, en pasado, como recuerdo añejo del gran discurso de Martin Luther King Jr. del 28 de agosto de 1963, es Yo tuve un sueño. El viaje de los niños centroamericanos a Estados Unidos.

El volumen es el resultado de diez entrevistas con niñas y niños con quienes Villalobos tuvo contacto durante 2016 en Los Ángeles y Nueva York, historias breves, intensas, dramáticas, como las vidas de esos menores que abandonaron sus países y familias.

Todos las voces sobrecogen y estremecen y toman la estafeta de otra obra fundamental sobre los miles de menores centroamericanos en espera de refugio en el país de Donald Trump, Los niños perdidos (Sexto Piso, 2016), de Valeria Luiselli, ensayo que redituó a la escritora mexicana el American Book Award 2018. Y recuerdan a los dos protagonistas de Los niños del tren: la Bestia y el sueño imposible (Ediciones B), de Dirk Reinhard.

También son la versión hiperrealista de algunas de las películas de las últimas dos décadas que han dado voz en la ficción a los menores centroamericanos en su pesadilla mexicana, como Sin nombre (Cary Fukunaga, 2009), La breve y precoz vida de Sabina Rivas (Luis Mandoki, 2012) y, particularmente, La jaula de oro (Diego Quemada-Diez, 2013).

La constante de las diez historias es la violencia: adolescentes que escapan del reclutamiento de las pandillas; niñas que huyen de las violaciones tumultuarias; jóvenes buscan en el miedo a la incertidumbre del viaje olvidar la certeza del miedo en que viven.

¿Como novelista, cómo fue que se involucró en Yo tuve un sueño, un libro muy ajeno a la ficción a la que usted está acostumbrado?

Lo que me trajo a Yo tuve un sueño fueron justamente mis novelas. Escribí Madriguera con un narrador infantil y Si viviéramos en un lugar normal con una perspectiva adolescente, y un editor en EU que había leído mis libros, pensó que yo tenía el oído, el tono, la voz narrativa adecuada para contar las historias de los niños migrantes. En 2014 me propuso ir a EU a entrevistar a dos adolescentes, un hondureño y un guatemalteco, y de ahí surgió la idea de hacer un libro. Es un proyecto aparentemente muy ajeno a lo que he hecho antes, pero que tiene continuidad si consideramos que lo que me ha interesado más es la búsqueda de voces narrativas peculiares, y dentro de ellas las voces infantiles o adolescentes.

Acostumbrado a contar historias de ficción, ¿cuál fue la mayor dificultad en la realización de Yo tuve un sueño?

Evidentemente hay un marco que restringe, limita la escritura, que es el testimonio; es decir, no podía inventar la trama de esas historias. Lo que sí podía hacer era encontrar estrategias narrativas adecuadas para contar esas historias, encontrar, digamos, de qué manera sería más eficaz contar cada una de esas historias, en dónde tendría que concentrarme, en qué aspecto de la historia, para potenciar su capacidad de conmover al lector. Esta fue la mayor dificultad: encontrar en cada una de esas historias aquello que yo llamo “el corazón de cada historia”. Por supuesto, había una dificultad que está más en el terreno de lo ético, vamos a decirlo así, que tiene que ver con respetar la dignidad de estos chicos, no transmitir una imagen de ellos simplemente como víctimas, no quería que la conclusión del lector fuera simplemente la conmiseración, la pena por estos chicos, sino que también se mostrara su parte luminosa, el hecho de que han sido muy fuertes dentro de su vulnerabilidad y, dentro de su fragilidad, que han podido sobrevivir a este viaje.  

Reproduce una decena de historias, supongo hubo muchas más. ¿Por qué se decidió por éstas? ¿Fue por su crudeza o por su potencial narrativo?

No es fácil entrevistar niños, no hubo más entrevistas, es muy complicado conseguir las historias, hay que trabajar a través de ONG, abogados, etcétera, las historias que cuento son las que pude entrevistar.

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Usted que habló con los menores, ¿realmente percibió una conciencia por parte de ellos sobre los peligros que enfrentaron para llegar a EU? Al leer las historias uno tiene la impresión de que no.

Ellos son conscientes del riesgo, pero lo asumen. Hay una historia que se llama Prefiero morirme en el camino, que creo que es la que mejor resume este sentimiento. Ellos son expulsados de sus países porque las condiciones en las que viven hacen insoportable, imposible el permanecer ahí. Es decir, ellos saben que, si se quedan, están bajo la amenaza de una muerte temprana, de acabar en una pandilla, de sufrir violencia física; entonces, no tienen opción. A partir de ahí, lo que sucede en el camino lo ven como, digamos, un precio que hay que pagar para tener la esperanza de llegar a EU y tener una mejor vida. Tampoco son demasiado conscientes en el sentido adulto, en el sentido que nosotros damos a la palabra, responsables, vamos a decirlo así, porque son niños, son adolescentes, entonces su experiencia de vida es muy corta y también su capacidad de dimensionar lo que va a representar, lo que va a significar ese viaje, por más que ellos sepan a través de historias de familiares, de los amigos, de lo que se cuenta a través de los medios de comunicación, a pesar de que sepan los peligros a los que se puedan enfrentar, me parece que no son totalmente conscientes siendo niños de lo que eso representa.

La actual crisis de refugiados (o migrantes) hacia EU y de los niños migrantes se vincula en la actualidad con Trump, pero se gestó muchos gobiernos antes de él. En su opinión, ¿qué papel juega actualmente el presidente de EU en esa historia de décadas?

Trump sólo es un una pieza en una historia de rechazo al migrante, de una política absurda por parte de EU, que es un país hecho y creado, fundado por migrantes; de una doble manera de entender la política cuando se habla de migrantes de primera y de segunda, o tercera categoría, en donde evidentemente los inmigrantes mexicanos o centroamericanos son migrantes de Tercer Mundo, son migrantes que no interesan, salvo para hacer los trabajos que nadie quiere hacer en EU. Hay mucha hipocresía, y lo único que hace Trump es dar voz a aquellas voces más xenófobas, más radicales, pero lo hace, creo yo, desde una perspectiva de instrumentalización política; es decir, tampoco es que ese discurso xenofóbico después se vaya necesariamente a concretar en acciones o en leyes porque felizmente el presidente de EU está muy acotado por el Congreso, pero lo que sí hace es legitimar un discurso de odio y eso es lo peligroso: que grupos extremistas consideren que ahora es posible hablar de esa manera, actuar bajo esos principios, porque el máximo representante del país, el presidente de EU estaría de acuerdo con ellos.

¿Cuál fue la historia más conmovedora o dura que enfrentó usted en su investigación?

Todas las historias son conmovedoras. Diría más bien que hay algunas más crudas. Quizás la última historia del libro, se llama Hasta el sol de hoy. Cuenta la historia de una adolescente hondureña que sufrió una violación en grupo y que a partir de ahí tuvo un trauma tan fuerte que le produjo problemas de salud, hasta que su situación se volvió insoportable en San Pedro Sula donde vivía y tuvo que emigrar a Nueva York, recuerdo que mientras escuchaba su historia y mientras ella me la contaba, me daba cuenta que estaba sufriendo al contármela, que todavía no era un asunto superado. Es algo muy difícil de sobreponerse y en esos momentos como entrevistador, como periodista, me daba cuenta de lo delicado que es un asunto ético, y hasta qué grado estamos nosotros los que preguntamos, los escritores, los periodistas, los cronistas, en la posición de continuar preguntando cuando nos damos cuenta que estamos haciendo daño, de que la persona que nos está dando su testimonio está sufriendo. Y en ese sentido yo siempre preferí privilegiar el cuidado, la protección de los niños, de los adolescentes, aunque me quedara sin algunos detalles que pudieran resultar quizás necesarios desde un punto de vista de la crónica. Pero, como mi libro, como yo ya había asumido que era un libro más literario que periodístico, estas informaciones detalladas tampoco eran necesarias.

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Mucho se discute en la actualidad si son migrantes o refugiados. En el caso de los niños centroamericanos, ¿cuál sería su categoría y por qué?

El epílogo que ha escrito Alberto Arce, español que vivió en Honduras durante algunos años, creo que no deja lugar a dudas de que estamos ante refugiados. Evidentemente no vienen de escenarios de guerra como los entendemos tradicionalmente, pero si vemos las tasas de homicidios, las tasas de violencia que existen en los países que existen en el triángulo norte de Centroamérica, vemos que claramente es una situación de crisis humanitaria, y que estos niños y adolescentes tendrían que recibir el estatus de refugiados.

Su novela No voy a pedirle a nadie que me crea, a pesar del humor en ella, me parece que está abordada a partir de la violencia (del narcotráfico, de los desaparecidos…). En estas historias de los niños centroamericanos la violencia parece ser también el leit motiv, un espíritu permanente. En su opinión, ¿en qué momento la violencia irrumpe como presencia permanente en las vidas de estos niños?

Aparece muy temprano y aparece en casa, aparece dentro de las familias la mayoría de las veces. Se habla mucho de la violencia de las pandillas, de la violencia en las calles, se habla mucho de la violencia institucional que ejerce la policía, el ejército, pero quizás se habla menos de la violencia que ejercen los padres abusivos, familiares que tendrían en teoría que proteger a estos niños y que lo que ejercen sobre ellos es la violencia física, el abuso sexual, la humillación sicológica; muchas de las historias del libro  hablan de abandono, de un papel muy triste, muy terrible de los hombres en estas historias. Hay un problema muy grave en Centroamérica de violencia de género que tiene realmente el carácter de epidemia.

Después de escuchar las historias de los niños centroamericanos sobre su paso por México camino a EU, ¿cuál es su definición ahora de miedo?

Habría que replantear dos definiciones para mí después de la experiencia de escribir este libro. Una es la de miedo y otra es la de sueño. El título del libro, Yo tuve un sueño, a veces lo siento casi irónico porque esos sueños son lo que tendrían que ser derechos humanos fundamentales, respetados y aceptados por todos; es decir, el sueño de estos niños cuál es: una vida digna, sobrevivir, tener una educación, salud, acceso a la cultura, una vida económicamente que les permita lo elemental. Pero tampoco es que estemos hablando de migraciones económicas por un estilo de vida o por un lujo, entonces ese sueño es lo que para muchos es lo mínimo con lo que contamos cuando lo nacemos. Ahí se ve lo arbitrario de estas historias, el hecho de nacer en el lugar equivocado, por decirlo de alguna manera.
“Una de las adolescentes a las que entrevisté decía algo así que no sabía por qué tenía tanta mala suerte de haber conocido a gente tan mala. Y tiene razón en esa duda, ¿por qué le toca a ella sufrir todo lo que sufre y por qué a otros no nos toca? Eso conecta con el miedo, el miedo es una amenaza arbitraria de algo que nos viene impuesto por el entorno y que no podemos controlar, nosotros podemos tener miedos abstractos. Miedo a la muerte, a la vejez, a la soledad, pero, en el caso de estos niños, esos miedos se convierten en amenazas concretas, cotidianas que se vuelven reales en cuanto abren los ojos y se encuentran en una casa con un padre abusador, o cuando salen a la calle y al llegar a la esquina se encuentran con un pandillero. Estos son los miedos reales, en oposición a esos miedos abstractos o burgueses, si queremos llamarlos, de aquellos que hemos tenido la suerte de nacer en un ambiente y en una familia privilegiada. Cuando digo privilegiada, tampoco estoy hablando, si lo comparamos con estos chicos, de familias acomodadas, ricas, estamos hablando de haber nacido en una familia con una mínima estructura, un mínimo de confort económico para poder sobrevivir”.

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