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‘Nuevo orden’ molesta y ofende y no es para menos

Foto: Especial

La película Nuevo orden molesta, indigna, ofende… No es para menos, el nuevo orden que establece es la violencia. La más reciente película del cineasta mexicano Michel Franco, aunque no pocos críticos la llaman sin reflexión y sin contexto “distopía” o “futurista”, en realidad mira al pasado en el presente.
 
La recién ganadora del León de Plata del Festival de Venecia a Mejor Director irrumpe en las pantallas con imágenes apocalípticas en nada ajenas a la cotidianidad de los mexicanos: una masacre, cuerpos  hacinados, una mujer desnuda violada, un hospital desalojado para dar camas a gente herida por armas.
 
El título de la película aparece con letras al revés, dando ya un antecedente del caos que ocurre en ella.

Foto: Especial


 
El nuevo orden es el pasado que se acumula en el presente, nada sabemos de cómo fue el día anterior al arranque de la película, los únicos indicios son la riqueza de una de las familias protagonistas y su círculo social y empleados. No hay futuro en la película de Franco, por más que alguien se empeñe en ver advertencias sobre la militarización del país en tiempos de la Guardia Nacional del gobierno actual.
 
El nombre del óleo que pende sobre la pared de la sala de la familia es por demás elocuente, aunque haya que esperar los créditos finales para saberlo: Sólo los muertos han visto el final de la guerra (Después de Tiépolo, 2019), de Omar Rodríguez Graham, que remite a frase atribuida a Platón, pero, quizá, recuerda con ironía a la Biblia: “Tus muertos vivirán, sus cadáveres resucitarán” (Isaías 26:19). Curioso, cuando en la cinta no aparece referencia a religión alguna, aunque se frustre una boda, civil.
 
Ovacionada durante varios minutos en la Mostra, Nuevo orden ha sido denostada en México desde su estreno el jueves 22 de octubre en salas comerciales y Cineteca Nacional, pero la mayoría de las críticas parten de interpretaciones maniqueas que irónicamente condenan un supuesto maniqueísmo.
 
Nuevo orden sorprende también como un filme muy alejado de obras más intimistas y sutiles de Franco, centradas en personajes comunes con dramas cotidianos que los sobrepasan, como Después de Lucía (2012), Chronic (2015) o Las hijas de Abril (2017). Se enfoca ahora en una situación social X, de privilegios y abusos, de personajes con valores, heroicos, como Cristian o Marianne, que sucumben.
 

Foto: Especial


¿Qué ha molestado, indignado, ofendido más? Sin duda que el filme muestra dos extremos de una misma realidad, la de los privilegios y la de las carencias, la de los blancos y la de los morenos, la del poder y el dinero y la de la impotencia y la necesidad, la de las víctimas y los verdugos. Nada nuevo en ese nuevo orden que proclama Franco y que en nada es exclusivo de México, aunque sea él mexicano.
 
¿Qué pasa entonces? ¿Por qué indigna una ficción apocalíptica en un país en el que son asesinadas al día 10 mujeres; en el que desde 2006 han sido masacradas más de 300 mil personas, la mayoría jóvenes, en una guerra sin fondo ni fondos contra el narco; en donde hay aún 43 estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos y nombres que se olvidan, como El Pozolero, Santiago Meza López, que en una década disolvió en mezcla de sosa caustica más de 300 cadáveres descuartizados para un cártel?
 
Indigna que en Nuevo orden vemos reflejados nuestros propios prejuicios: racistas, sexistas, clasistas, a partir de los cuales juzgamos el filme de un autor que tiene toda la libertad creativa para presentar el mundo que él decida (hubo un crítico ignorante que incluso comparó el trabajo de Franco, de Michel, con el de Leni Riefenstahl, la cineasta, fotógrafa y documentalista oficial del nazismo de Adolf Hitler).
 
Quizás también molesta y ofende que una película mexicana no sea entretenimiento puro, que como público mexicano no tengamos la madurez para ver un filme sin esperar sólo pasar el rato o buscar propaganda para tal o cual estrato social o afinidad política, para comer palomitas y decirnos cinéfilos.
 
Molesta u ofende que Nuevo orden sacude, no deja indiferente a nadie, como Salò o le 120 giornate di Sodoma (Passolini, 1975) o L’empire des sens (Oshima,, 1976). Aunque nadie abandone la sala de cine.
 
Después de la secuencia apocalíptica inicial que sorprende al espectador por la falta de elementos para entender la situación, la película se traslada a una boda en el Pedregal, irónicamente en la calle Nubes. Marianne (Naian González Norvind), vestida con un conjunto rojo sangre, espera contraer nupcias con Alan (Dario Yazbek Beltran). Sus familias y amigos ostentan el esplendor del poder y el dinero, como puede ocurrir en cualquier parte del mundo en los estratos sociales más privilegiados, mientras, en la cocina, el personal de servicio, morenos, mestizos, de rasgos indígenas, prepara el ágape. Nada nuevo.
 
De ese microcosmos, de esa burbuja donde todo aparenta estar bien, se salta al caos, a la violencia, a un motín social que hay existía, sólo no lo veíamos, cuyas consecuencias no pueden ser sino la tragedia. Turbas invaden calles y casas, destrozan autos no sólo en los barrios ricos, igual en pobres donde viven Cristian (Fernando Cuautle) con su madre Marta (Mónica del Carmen, ganadora del Ariel por Asfixia) y sus tíos Rolando (Eligio Meléndez) y su esposa Elisa, todos ellos trabajadores de la mansión de Iván Novello (Roberto Medina) y Rebeca (Lisa Owen), padres de Marianne y Daniel (Diego Bonetta).

Foto: Especial


 
(Al elenco se suman Enrique Singer, Patricia Bernal, Gustavo Sánchez Parra, Sonia Couoh, entre otros)
 
Nadie, ni los ricos y trabajadores protagonistas del filme ni los políticos poderosos o los militares, ni mucho menos los espectadores de Nuevo orden, se preguntan por qué el motín, la rebelión. Parecen dar por hecho que ya se sabe la explicación, aunque nunca se sabe cuál mientras las especulaciones sobran.
 
Quienes critican para mal el filme, encerrados en sus propios prejuicios, ven “el miedo de los ricos hacia los pobres”, pero quizás Nuevo orden aspire más bien a una toma de conciencia de “los ricos”, sobre probables consecuencias de la desigualdad, aunque no sea explícito en que esta sea el detonante.  
 
Dan risa quienes han escrito o comentan que la nueva cinta de Franco está criminalizando los movimientos sociales, y buscan analogías en la pintura verde de las pancartas, al remitir a los pañuelos verdes, el símbolo de organizaciones feministas en el mundo en favor de la despenalización del aborto.
O quienes muerden el anzuelo de una pinta callejera, que dice: “Putos ricos”, para soltar sus prejuicios.
 
Justamente, en Nuevo orden no hay ninguna referencia a movimiento social alguno, no hay orden, sólo caos, violencia, turbas enardecidas que destrozan todo a su paso, incluso sus propios centros de trabajo, sus viviendas, sus propiedades. Calles y avenidas identificables de Ciudad de México están colapsadas.
 
A través de planos abiertos, en contraposición a las imágenes de la boda en el Pedregal, Franco nos muestra avenidas de Ciudad de México con cadáveres amontonados, gente masacrada por fuerzas de seguridad o por esa “infame turba de nocturnas alas” (Góngora) amotinada, misma turba que representó Eugène Delacroix en 1830 en su La libertad guiando al pueblo. Franco nos muestra en las calles, a nuestro paso como espectadores, los muertos que sólo vemos distantes en la televisión y en periódicos.

Foto: Especial


 
Las fuerzas de seguridad entran a escena muy tarde, cuando se privilegia la violencia y la rapiña. A la policía, impotente para controlar el caos, la releva el Ejército, los militares –como suele verse en cualquier película de Hollywood apocalíptica, desde El día de la Independencia (1996) hasta El día después de mañana (2004), ambas de Roland Emmerich–, que abonan también a la violencia y al caos.
 
En este nuevo orden, todos y todas son víctimas o pueden serlo, inclusive los verdugos o los soldados.
 
La toma del control por parte de militares molesta al público mexicano, por la tradición de represión que las fuerzas armadas han tenido en el país, y en general en América Latina. Pero Nuevo orden, primero que nada, es ficción, no es un documental sobre México ni mucho menos está pensada para agotarse con el público o situación mexicanos, no por nada fue a Venecia. Tampoco es condena ni humillación ni ataque al Ejército mexicano en particular, es solo un filme con militares, reitero, de ficción, en una época en la que por fortuna se puede representar a militares en pantalla como parte de la libertad de expresión y artística, sin temor a represalias como ocurrió con La sombra del caudillo (Julio Bracho, 1960), Rojo  Amanecer (Jorge Fons, 1989), El Grito. México 1968 (Leobardo López Arretche, 1968) o El violín (Francisco Vargas, 2006). Deberíamos congratularnos de que ya no haya esa censura.

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