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Cultura

“Mientras escribía Expediente X.V. llegué a sentir miedo con Xavier Villaurrutia”: Christian Peña

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A lo largo de los últimos quince años, Christian Peña (DF, 1985) ha desarrollado una de las poéticas más arriesgadas y relevantes de las letras mexicanas, prueba de ello es su último libro Expediente X.V, (Vaso Roto, 2019), suerte de investigación policíaca, diario, testimonio y homenaje en torno al Contemporáneo Xavier Villaurrutia, que le redituó a su autor un premio en honor a otro poeta del grupo de los Contemporáneos, el Iberoamericano de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada 2020.

Ya antes, con Veladora (Cuadivio, 2018), había seguido los pasos de otro clásico de la poesía mexicana, Ramón López Velarde, como figura totémica de su propio oficio literario. Un volumen con el que ganó el premio Efraín Huerta en 2013, aunque la institución estatal convocante no se lo publicó.

–¿Por qué has recurrido a personajes de la poesía mexicana para hacer poesía con ellos?

–En la formación que tengo en la tradición de la poesía mexicana identifico una triada de autores que, al menos para mí, son representativos y muy importantes: Ramón López Velarde, Xavier Villaurrutia y Octavio Paz. Previamente había escrito un libro que dialoga de algún modo con la obra de Ramón López Velarde. Y me propuse escribir sobre Villaurrutia. Aún no he escrito el de Paz, en realidad no sé si escribiré el de Paz o no. Pero sí son territorios de la poesía mexicana que me interesaba explorar, porque para mí escribir es pagar una deuda con la lengua que hablas. Esos autores son deudas muy grandes y, de alguna manera, escribir o dialogar con ellos es una manera para mí de pagar esta deuda.

En el caso específico de Expediente X.V. mi idea era escribir un libro que fuera una especie de expediente policíaco sobre las posibles causas de la muerte de Xavier Villaurrutia, por un lado; pero, por otro lado, y esa es la línea principal del libro, la exploración de un personaje, una especie de detective que investiga sobre la muerte de Villaurrutia, que en realidad está tratando de comprender sus propios demonios. Villaurrutia parece un poco más la pista en el viaje, en la pérdida de esta voz, de este personaje, y aparece más como una especie de claroscuro que como eje central del libro. Es algo que ocurre en lo que escribo, quizás el libro puede llamarse en algún punto, por ejemplo, Me llamo Hokusai, pero lo último que está ahí es el pintor Hokusai, quien es también una pista.

Peña subraya en la entrevista que Villaurrutia, además, es un autor al que vuelve constantemente.

“Siempre es algo de sombra, como una especie de asombro, de extrañeza, me parece que Villaurrutia es un poeta de sombra, de terror. Mientras escribía el libro llegué a sentir miedo de tener que escribir el libro, de tener que investigar los lugares donde Villaurrutia vivió, las calles donde anduvo, conseguir sus documentos, los testimonios de la gente que lo conoció. Y se volvió también una actividad física la escritura, ya no enteramente una actividad intelectual solo, sino que se volvió algo físico, que fue también algo que me interesó dentro del proceso del libro y de su escritura. A veces me interesa más el proceso, que la escritura de mis libros, que el libro en sí, es como más el andamiaje para construir la obra que el resultado final”, explica el poeta ganador también del Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2014, justo con Me llamo Hokusai (FCE, 2014).

–Justamente, en lo personal, en tus libros me parece más esa búsqueda de una estructura, de un lenguaje propio, que del tema o de la palabra en sí misma.

–Eliseo Diego, en el Libro de quizás y del quién sabe, habla de “por no encontrar el libro que quería leer, terminé escribiendo un libro”. Así sucede. Me considero ante todo un lector y a veces no encuentro un libro que quiero leer y eso deriva en que eventualmente escriba alguno. Y aunque el género al que más vuelvo sea la poesía, nunca pienso en escribir un libro de poesía per se; pienso en escribir un libro y eventualmente sucede que es poesía.

Volviendo a Hokusai, yo pensaba en un catálogo razonado sobre una exposición de Hokusai, y qué ocurriría si yo fuera el curador de esa exposición y tuviera que escribir las fichas de esos cuadros. Entonces, antes de pensar en escribir un libro de poemas sobre Hokusai, imagino cómo sería hacer el catálogo razonado sobre la exposición. El mismo caso ocurre sobre Expediente X. V.: más allá de escribir una elegía sobre Villaurrutia, pienso qué sucede si mezclo un par de archivos, mezclo cosas, hablo de algunas de mis propias cosas: el detective dejó de beber, está enfrentándose a ese tema… Y todo eso lo empato como si fuera un expediente policíaco, casi casi como si pudieras leerlo al sacarlo de un fichero, y eso se vuelve un libro. Sí, es algo que siempre me ha llamado la atención, como una forma distinta de enfrentarte a lo mismo.

–En una década ya llevas un buen de premios, a los que se suma ahora el Carlos Pellicer. ¿Qué es un premio para ti como poeta? La primera vez que ganaste un premio ¿cómo te sentiste? ¿Ya te parece una rutina que cada vez que sacas un libro ganas un premio?

–No. El primer premio que gané fue una beca, que me dio la Fundación para las Letras Mexicanas para empezar a escribir formalmente, tendría 19 años. Desde el principio lo vi como un aliciente para poder seguir haciendo algo que me gustaba. El dinero de mi beca me lo gastaba en libros y quizás en fiestas, pero mayormente en libros. El primer libro con el que pude ser merecedor de un premio lo daba la UACM.

Ahora que me notificaron que me hice acreedor al Carlos Pellicer, para mí sigue siendo igual de gratificante y de nuevo. Yo no creo que un escritor se defina como un buen o mal escritor por si gana o no un premio o por la cantidad de premios que gane. Yo comencé a enviar mis libros a premios porque era una manera de publicarlos, porque podía terminar un libro, llevarlo a una editorial y la editorial puntualmente decirme: “No lo quiero”. Me sucedió alguna vez con Tierra Adentro, por ejemplo: llevé un libro a un dictamen, me lo rechazaron; luego, concursé en un premio de Tierra Adentro y terminó publicándose en Tierra Adentro.

Después de ganar el Aguascalientes sucede que piensas: “Bueno, habrá otros editores que abrirán la puerta para tal o cual”, pero no. Es el caso de Vaso Roto, que fue el que editó Expediente X. V., el libro estuvo en un par de editoriales más, circuló por algunas editoriales, no lo quisieron. Un amigo me pasó el contacto de Jeannette Clariond, la editora de Vaso Roto, y me contestó a las dos horas y me dijo: “¿Cuál es el estatus del libro? Quiero publicarlo”.

“A veces me parece que es por no estar siempre en la escena literaria, por no pertenecer en un grupo. Este lugar, que es donde trabajo, para mí es como mi guarida; trabajo aquí en Lomas Virreyes, es como mi cerro, y no necesariamente estoy en contacto con toda la escena literaria o con grupos literarios. Justo ahora que recibí el premio fue lo primero que agradecí; no solamente es el trabajo del autor sino el trabajo del editores que apuestan por la obra de ciertos autores. Y eso es parte del proceso que no siempre ve el lector, a quien sólo llega un libro terminado. Pero no solo está mi trabajo de escribirlo, sino de la persona que da su voto de confianza, que hace lo posible para llevar un  trabajo que tú hiciste con todo lo que conlleva: la inversión para imprimirlo, para publicarlo, para distribuirlo. Para mí ese es el premio, que lo que escribo pueda llegar a la gente. Y siempre he pensado que es un oficio para gente sola, yo escribo mi libro en la soledad de mi sala, de mi estudio, de mi oficina, si en algún punto alguien conecta con eso, me siento por demás agradecido. Cuando alguna institución, una universidad, una entidad, reconocen ese esfuerzo, pues es doblemente grato, pero nunca es la finalidad, si bien en México es una manera de publicar un libro”.

–¿Cuál es tu primer recuerdo de encuentro con la poesía?

–No recuerdo mi primer encuentro con la poesía. En mi casa tal vez había un Declamador sin maestro, probablemente, pero nunca fue una casa de libros. Me sucede que hoy, en cualquier libro que leo, siento como si fuera una primera vez, no lo condicionó. Como en cualquier libro que me gusta escribir no me gusta que repetirme, no me gusta pensar que sé hacerlo de un modo y que tengo que hacerlo del mismo modo para corroborar, un estilo una técnica, lo mismo pasa cuando leo; puedo sentir emoción de un autor que me guste o que releo, ni siquiera uno que no está en mi radar, tan simple como un libro de cocina. Para mí siempre hay una experiencia nueva en la lectura, no recuerdo la primera, pero es como si todas fueran la primera o lo que te debería dar la primera de algún modo.

–¿En la primaria no fuiste de los que declamaban “Mamá, soy Paquito” el 10 de mayo?

–Siempre fui a escuelas públicas, pero nunca me tocó declamar un poema, eso fue muy extraño. Recuerdo tal vez un 15 de septiembre quizás un poema a la Bandera, o algo así, pero no. Si bien había en las escuelas poesía coral o recitaban. Y, claro, pareciera que esa es la primera aproximación que alguien tiene con la poesía. Mamá, soy Paquito, o la Suave Patria, de López Velarde, que en sí mismo es un poema complicado, complejo. Pareciera que la poesía, cuando eres niño o vas a la escuela, sería un ejercicio de memoria, de lectura en voz alta, y sí que lo es, porque gran parte de lo que se escribe es de memoria, pero no de memorizar los versos, sino de apelar a la memoria. Y tampoco requiere de declamarlo o decirlo en voz alta para que sea poesía, y sí hay que escucharte en voz alta, incluso lo que piensas, previo a que sea un verso. Sí, al menos en las escuelas a las que fui, la poesía era como recitar.

–¿A qué escuelas fuiste?

–A escuelas de gobierno. La prepa, en la 3 de la UNAM, la Justo Sierra; la secundaria justo también con un nombre de Contemporáneos, se llamaba Jaime Torres Bodet. A los Contemporáneos llegué no por las escuelas, sino porque me pareció un grupo generoso por la cantidad de obras que traducían, cómo daban difusión a la escritura, a las revistas que publicaban, temas que empatan puntualmente un poco a mi poética, un poco los temas de poemas de largo aliento, las digresiones, el experimento con la prosa… Eso no lo aprendí en la escuela, en la escuela era Mamá, soy Paquito.

–Curioso que admires tanto al grupo de Contemporáneos y que dediques parte de tu creación a ellos cuando tú no perteneces a ningún grupo literarios.

–Simplemente no sucedió. Algo interesante de contemporáneos es que era un grupo, sin grupo, aunque estaban ahí, creo que sucedió con la literatura mexicana: pertenecías a un grupo por la década en que nacías, si escribes en los ochenta perteneces a ese grupo. Yo siempre he pensado que los contemporáneos son los libros, no quienes los escriben. Si hoy yo publico un libro y otro un chico de 19 y otro uno de 70, pues los contemporáneos son los libros, no los autores; no necesariamente los autores, por la edad que tengan ni por dónde hayan nacido, no creo que se trate de eso. Para mí fue fundamental desarrollarme en mi oficio literario, pero también en la vida, entonces comencé a trabajar, a hacer como mi vida sin necesariamente que mis recursos vinieran de la escritura. Creo que por eso, de algún modo, nunca he estado tan cerca de la escena literaria o trabajado en una editorial, o escribir para a algún medio. Siempre he buscado esa parte de reservar mi escritura como lo más mío.

–¿En algún momento afirmaste “ya soy poeta”?

La poesía para mí siempre ha sido como un método de investigación, como decía Jorge Cuesta, pero ese método de investigación debe tener que ver con mi personalidad; entonces, no creo haberme asumido nunca como poeta o decir: “Soy poeta”. Creo que de pronto por las cosas que veo, tomo, observo, investigo, traduzco, escribo, no me asumo como alguien que diga “ya me convertí en poeta”. Recuerdo perfectamente el día en que me convertí en padre, pero no el día que díje: “Ya soy poeta”.

–¿Cómo trasladas la palabra ordinaria, el lenguaje cotidiano, a la poesía? ¿Cómo es ese proceso en ti?

–No estoy tan seguro. Un tanto lo que escribo parte de dos líneas, algo que justo decía Octavio Paz sobre William Carlos Williams, que tenía, por un lado, la fatalidad pasional y, por otro lado, la búsqueda de algo en el lenguaje, Yo nunca he podido disociarlo; para mí la posibilidad del lenguaje tiene que ver con la experiencia del autor, y la posibilidad de la experiencia tiene que ver con cómo el autor redacta o escribe un texto. En ese sentido no creo que hable una sola lengua o de una sola forma, platico distinto un día con mi esposa, como otro día con mi padre, como al día siguiente con un compañero de escritura, y creo que todo eso llega a un punto en que puede convivir en una página. Es el lenguaje cotidiano, pero distinto en cada calle; cotidiano y al mismo tiempo distinto en cada conversación, dependiendo en cada hora del día. Si bien, tengo claro que no me gusta ser deliberadamente poético, o algún verso que suene de entrada poético. Es más bien como aquí hay una exploración, hay veces que son ensayos, pero para mí están en proceso de un lenguaje poético, aunque sea un ensayo completo el libro. O el libro pueda rondar un poco más a la prosa, o rozar el versículo. Algo que me pasó con el libro de Hokusai, yo no quería escribir un poema con versos breves, pero tampoco quería hacer versículos, ni prosa. Entonces dije: “¿Qué hago? ¿Cómo puedo contar esto de alguna manera, que cuando el lector termine piense que acaba de leer un cuento, aunque todo esté lleno de personajes, y la poesía esté de fondo?” No quiere decir que tienes conciencia como autor de los recursos, de las cosas que estás poniendo sobre la página, hay veces que no, y para mí es el momento en que más lo disfruto. No puedo decir ciertamente con toda claridad cómo es que ocurren ciertos procesos, hay veces que lo planteo pero ya en medio del proceso me abandono a lo que pueda ocurrir o llegar.

–En el proceso de reconocer a tus contemporáneos no por las personas sino por los libros, ¿quiénes son tus contemporáneos?

–Uy, no sé. Me acuerdo mucho de la entrevista con Borges cuando le preguntaron a qué autor estaba leyendo y Borges les decía: “Hay un joven Virgilio que promete”. No lo sé, de pronto me es más fácil llegar a ciertos libros en línea; ya no es lo mismo visitar una librería, te das cuenta que son las mismas cosas puesta sobre el anaquel todo el tiempo. Y hay algunas que ya tienes. Justo la semana pasada fui a comprar una edición distinta de Una temporada del infierno, de Rimbaud, y para mí sigue siendo algo nuevo. Pero de pronto compró libros en línea de Louise Glück, Sharon Olds, al mismo tiempo puedo volver a Philip Larkin. No estoy tan propenso a ver qué están escribiendo las personas de mi edad.

–Trabajas en publicidad ¿Estudiaste publicidad?

No, estudié Comunicación en la UNAM, pero nunca terminé la carrera, también hice un par de semestres en Letras, en la UNAM, pero tampoco la quise terminar. Creo que lo que me ocurrió también fue que, al recibir la beca de la Fundación para las Letras Mexicanas, teniendo la edad que tenía, tuve claro que me gustaba escribir y que quizás ni siquiera quería terminar una carrera en forma, porque mi búsqueda principal era algo que me intrigaba, algo que me generaba inquietud, que era la escritura. Ya cuando entré a la publicidad, todo se hizo más fácil, en realidad, porque de algún modo fue y es un empleo que me ha dado estabilidad para poder hacer cosas tanto con la escritura como familiares y demás que me están llenado.  Es una parte que aún me sigue divirtiendo, llevo 9 años haciéndolo y la verdad es que aún me divierto, dentro de las campañas, pero sobre fue un lugar donde me pude refugiar un poco, de lo que supuse en algún punto que era la corriente literaria o fluir con algo, como si se fuera dando, y fue mi manera como de poner cierto grado de resistencia. Hoy no sé si sé incluso contra qué luchaba, pero cuando empecé a trabajar en esto pensé que me estaba dando seguridad, y me va a dar la libertad de seguir escribiendo, sin pertenecer a ningún grupo, sin tener nada que ver con nadie más, hacer mis cosas por mi lado. De ahí que empecé a mandar mis libros a los premios, siempre con seudónimo.

–Octavio Paz, tu tercer personaje, era muy político e histórico. Más político en su poesía que en sus ensayos, incluso me parece a veces. ¿Nunca te atrapó esa faceta para tu poesía?

–Sí hay momentos. Por ejemplo, hay un libro que todavía no se publica, no lo ha publicado el Instituto de Cultura de Guerrero, a pesar de que ganó el premio Ignacio Manuel Altamirano de Poesía. Que también es parte de lo mismo: Envío un libro a una institución que convoca un premio, me gano el premio, esto fue en el Instituto de Cultura de Guerrero, pero también me pasó con el de Torreón, el Enriqueta Ochoa; en Guerrero, con el Altamirano, y en Tamaulipas con el Efraín Huerta, ninguno de esos tres institutos publicaron mis libros, no cumplieron con la parte de su responsabilidad de su convocatoria. Entonces, yo pienso, ese dinero que era destinado a la edición de los libros ¿dónde está? Mi intención es que mi libro se lea, y en esos tres casos no ha pasado, y lo han heredado a la siguiente y a la siguiente y a la siguiente dirección. Y hoy día no se han publicado. Es parte de lo mismo, quizás en un estado el gobernador, porque tengo cartas de gobernadores diciéndome que sí se va a publicar el libro, pero es de  un partido, después de otro, del PAN, del PRI, del PRD, pero en todos el compromiso es igual de nulo.

“Entonces, me ocurre que uno de esos libros que no publicó Guerrero es una aproximación sobre el terremoto de 1985, yo nací ese año, un poco como el haber nacido ese año, las carencias, las deudas, naces como si de alguna manera hubieras nacido bajo los escombros y enterrado, sin deberla ni temerla. Ese es el primer apartado. El segundo apartado es también una exploración con lo prehispánico, con la violencia mexica, con cómo eso está arraigado, cómo se expresa. El último apartado es una crónica de San Juan de Aragón. Pueden ser momentos distintos de la historia, desde pensar en la Coyolxaulqui, cómo cae decapitada por el Templo Mayor; o qué está pensado mi padre, que pudo haber aceptado un trabajo en el hotel Regis pero no lo aceptó, y dos días después se cayó el hotel en el terremoto del 85; y yo en Aragón bajando de un microbús, cuidando mi quincena en el trayecto a mi casa. Sin duda eso es poesía, manifestar algo, a lo mejor no lo hago deliberadamente político, pero sí que hay cosas de este país, de la situación en que vivimos desde que yo recuerdo, desde siempre que he vivido, que que se ven manifiestas en lo que vives. A lo mejor no de una manera deliberada, no es un panfleto, la poesía no es un panfleto, no de manera deliberada, desde un poema amoroso. Los temas de la poesía de fondo pueden estar en lo que la misma poesía no dice, que no están de frente, y cuando los lees a conciencia, ahí están”.


Con El amor loco & The advertising, Peña ganó el Premio Nacional de Poesía Enriqueta Ochoa en 2012, con Veladora, el Efraín Huerta en 2013, y el Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano 2017, con ¿O es sólo el pasado?, todavía inédito, al que concursó con el seudónimo de Kevin Arnold, el protagonista de la famosa serie estadounidense de los años 90 The Wonder Years.

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