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Chispazos

¿Derecha diestra, izquierda siniestra?

Foto: Especial

“De dos peligros debe
cuidarse el hombre nuevo:
De la derecha cuando es diestra,
de la izquierda cuando es siniestra”.

Mario Trejo

La decisión de los partidos de la Revolución Democrática (PRD) y Acción Nacional (PAN) de ir en coalición electoral a los comicios de julio próximo representa algo más que una simple alianza política. Calificada como una “coalición de derecha” (por Marcelo Ebrard), significa —tristemente— un paso en el desvanecimiento de la ya de por sí desdibujada izquierda en México. Esta unión electoral asimismo marca el inicio de una profunda escisión al interior del panismo. Peor aún, la alianza entre PRD y PAN, que incluye al socialdemócrata Movimiento Ciudadano, supone también la desaparición de contrapesos políticos e ideológicos que eventualmente podría dañar a nuestra frágil democracia.

La ausencia de contrapesos en un sistema político es algo serio y debería ser algo inimaginable en una democracia, pues de no existir éstos estaríamos hablando ya de un régimen muy cercano a una dictadura o de una simulación democrática. Así lo vivimos en México durante por lo menos 60 años, de 1929 a 1989, era durante la cual el presidencialismo y el Partido Revolucionario Institucional (PRI) dominaron al país. A pesar de que había otros partidos políticos —como el PAN—; de la división teórica entre los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial; y de la realización puntual de “elecciones libres” cada seis años, no existían en realidad mecanismos democráticos, contrapesos políticos reales ni alternancia en el poder siendo el PRI el partido hegemónico. El desgaste del PRI fue evidente en 1989, cuando el panista Ernesto Ruffo Appel ganó la gubernatura en Baja California. A partir de ahí, el desmoronamiento del régimen priista continuó, al perder en 1997, por primera vez en su historia, la mayoría en la Cámara de Diputados y, en el año 2000, una elección presidencial ante otro panista: Vicente Fox.

Las alianzas entre PAN y PRD no son nuevas y datan de 1991. En total, según recopila El Universal, ambos partidos han propuesto candidatos comunes a gobernador en al menos 21 ocasiones para 16 estados con resultados mixtos. No obstante, la coalición actual es diferente, ya que, además de las alianzas para los estados, PAN y PRD están presentando candidatos comunes para la Presidencia de la República —Ricardo Anaya— y para el Gobierno de la Ciudad de México —Alejandra Barrales—, algo inédito hasta ahora. Además, tanto Anaya como Barrales, en ese momento dirigentes de sus respectivos partidos, mostraron dotes dictatoriales al haber dado una suerte de golpe de estado al interior de sus respectivos partidos al autoproclamarse aspirantes, pues no se ejercieron a cabalidad mecanismos institucionales transparentes ni democráticos para avalar sus candidaturas. Pareciera que Anaya y Barrales negociaron en lo oscurito y se repartieron entre ellos el botín electoral. Este albazo ha causado escozor y resentimiento en la base de ambas organizaciones políticas y las renuncias no se han hecho esperar. Seguramente, tras las elecciones, estaremos viendo más deserciones y, posiblemente, el surgimiento de nuevos partidos políticos, por ejemplo, uno encabezado por Margarita Zavala y, por ende, Felipe Calderón —quien, por cierto, ha estado muy involucrado en el presente proceso electoral.

La justificación detrás de la coalición PAN-PRD podría ser sacar al PRI de Los Pinos, por supuesto. Sin embargo, esta coalición parece sumamente riesgosa. En principio, porque PAN y PRD, aunque ambos son relativamente moderados y se encuentran en el centro del espectro político, son incompatibles. Y aunque no me gustaría idealizar el concepto de ideología —“una construcción de la fantasía que funge de soporte a nuestra ‘realidad’” (Slavoj Žižek, El sublime objeto de la ideología, p.76)—, ambos partidos representan un oxímoron ideológico. La crisis del PRD, y de la izquierda en el mundo, tampoco es nueva. Pero preocupa esta alianza PAN-PRD en el contexto presente porque podría estarse creando un vacío aún más grande en la agenda política con respecto a temas como inequidad social, justicia social, inclusión económica, empoderamiento de las mujeres y minorías, entre muchos otros. Es difícil creer que la otra “izquierda”, esa representada por Morena, podrá sacar adelante esa agenda incluyente cuando también está muy comprometida con la controversial alianza con el conservador Partido Encuentro Social (PES), cuyas posturas radicales sobre la familia y los derechos de las mujeres, entre otros, dejan mucho que desear.

La lógica de una democracia es que exista alternancia política en beneficio de la nación. En México, no obstante, pareciera que las coaliciones se fraguan anteponiendo siempre ambiciones personales o de grupos particulares antes que los intereses de toda la nación. Este ejercicio político podría representar un grado de corrupción institucional superior, una descomposición fraguada en el seno de los partidos políticos de oposición más importantes, que sería impulsada por las aspiraciones personales de Anaya y Barrales. Esta complicidad política entre PAN y PRD eventualmente podría llevarnos a eliminar contrapesos, borrar la agenda liberal y silenciar críticas. Podría derivar en una derecha diestra y una izquierda siniestra.

* Periodista y consultor con estudios de doctorado en Relaciones Internacionales en la London School of Economics and Political Science.

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