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Matate, amor

Foto: Hugo Passarello Luna

“Dying Is an art, like everything else. I do it exceptionally well. / Morir es un arte, como todo. Yo lo hago excepcionalmente bien.” (Lady Lázaro, Sylvia Plath).

Tengo las palabras en las yemas de mis dedos, pero vacilo; eso que querría expresar después de sentir un temblor y no saber cómo describirlo, cómo hacer que el lector también sienta la misma sacudida, una conmoción similar sin los consabidos “spoilers”.

Porque la literatura es eso: una zona sísmica. Un libro tiene el rol de colocarnos a ese riesgo, a no grite, no corra, no empuje; hágase bolita en un rincón y protéjase la cabeza con un cojín o una almohada. Una novela, es ese quicio de la puerta. Para Aristóteles los géneros literarios derivan de la poesía. La poesía derrumba, a veces aplasta. Luego todo tiene sentido.
En mi caja de libros en filita india le llegó el turno a “Matate, amor” de Ariana Harwicz. Acudo a las primeras referencias, a la banda sonora que inicia en los primeros capítulos, el pianista Glenn Gould interpreta con las yemas de sus dedos y se abre el telón, los sentidos.

En la aparente asfixia de un escenario campestre, aparece una familia en su propio microcosmos. Una mujer aislada dentro de sí, en constante desapego hasta de ella misma. La mujer narra. El relato de largo aliento es una constante vigilia, el flujo de consciencia.

La espina dorsal es la relación con la naturaleza y el ojo de la mujer, que al contemplar desbarata a pedazos sonidos, texturas y formas. La fauna del bosque la imita o ella imita a los seres que en sus deseos se manifiestan como mensajeros, símbolos, metáforas.

Portada del libro ‘Matate, amor’. Foto: Especial

El bosque traduce los deseos de morir, vivir, sentir el palpitar de su carne en una entrega, perderse, abandonarse. El ojo dorado de un ciervo la observa y ella cede, siente el cobijo del descampado.

Harwicz traza como planos vitales la sexualidad, la maternidad y como derivado de ello el extravío. El deseo se convierte en el epicentro. A medida que se avanza en la lectura, se descubre una mujer que contiene su apetito carnal ante un marido impasible, que la hace más veces de padre y esposo incondicional, que de amante.

En diferentes momentos ella se erotiza con un venado o un nogal por encima de un hombre. El estruendo de ese vacío la deconstruye y su existencia pende del hilo de las convencionalidades, de aquello que llaman normalidad, estabilidad, las formas.

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Aunque la misma protagonista llega a mencionar su simpatía con La señora Dalloway de Virginia Woolf, también hace pensar en la contraparte, en la Sra. Ramsay de Al faro, también de Woolf. Las tensiones derivadas en la familia suponen una especie de resistencia que hacen de la mujer un ente reflexivo, dubitativo, un instrumento letal, una bomba de tiempo. Ese deseo, el encierro, los celos, la ansiedad, el desierto en medio de lo bucólico, la noche que se atraviesa a tientas para escapar, elementos de pequeñas muertes, para Sylvia Plath: “Los sentimientos extremos se alían con la locura.”

Por otro lado, una madre se levanta “todos los días queriendo huir del bebé”. “¿Qué quieres de mí?”, le pregunta la mujer a su hijo y no sabe qué hacer con la maternidad entumecida. Desconoce a su bebé, lo olvida, no reacciona ni por instinto. Los episodios donde se mira a sí misma ajena a ser madre se van apilando hasta que se desmoronan.

En este libro hay imágenes bellísimas y al mismo tiempo agitadoras. El final de cada apartado es una alarma sísmica, poética. Son sentencias trenzadas que vuelcan toda la atención en ese ángulo femenino de abordar la narrativa de un cuerpo y una mente de mujer.

Ray Bradbury aconsejaba leer todos los días un poema antes de sentarse a escribir un cuento o una novela. Si Harwicz llegó a seguir este consejo, me pregunto qué poema o poemas fueron preludios para que una novela como “Matate, amor” tenga esa densa e hipnotizante neblina de bosque.

A la colección de lecturas de obra de escritoras latinoamericanas contemporáneas tiene que incluirse el trabajo de la argentina Ariana Harwicz, que con “Matate, amor” (publicada en más de 10 países y traducida a 12 idiomas) ya fue nominada al prestigioso Man Booker Prize 2018, e integra los listados finalistas al Republic of Consciousness Prize y el Valle Inclán Translation Prize. La traducción al alemán se ubicó en el listado finalista del Internationaler Literatur Preis 2019. La edición mexicana de esta novela se puede adquirir por Dharma Books.

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