Metrópoli
Adolfo: “La Ardilla”, el indigente, el amigo y el padre al que la pipa le explotó de frente
“¡Ayúdenme, no veo, no veo!”, fueron algunas de las últimas palabras escuchadas por los amigos y conocidos de Adolfo, quien corrió buscando auxilio a unos pasos de la estación Metro Santa Marta, tras ser engullido por el fuego de la explosión generada por el volcamiento de una pipa de gas en Iztapalapa. “La Ardilla” —como le dicen de cariño— forma parte de las aproximadamente 90 víctimas que el siniestro en la periferia de la capital dejó a los pies del Puente de la Concordia.
El primer recorrido de La Hoguera, realizado por la periodista Elia Cruz, dejó el relato –de trabajadores de limpia contratados por el gobierno capitalino— sobre cómo dos víctimas habrían vivido la explosión de la pipa. Los testigos indicaron que se trataba de personas que “vivían” debajo del Puente de la Concordia, de modo que los tomó de frente el fatal incidente, generándoles heridas de gravedad.
Tras las huellas de Adolfo, “el herido en condición de calle”
Este viernes, acudí al lugar en busca de historias. Por un extraño motivo, el arribo a uno de los hospitales no se concretaba, tanto por ver la oportunidad de ingresar al punto del siniestro o desviaciones siguiendo comentarios de la gente. Sin embargo, casi al regreso –y con el temor de una potencial lluvia en ciernes— una persona advirtió que a unos metros de la estación citada estaban quienes le habían contado que una persona que estaba en situación de calle resultó con quemaduras graves.
Siguiendo sus instrucciones, comenzó la búsqueda de “uno como puesto de talachería”. Buscando el negocio del lado de las casas y edificios de Generalísimo Morelos, no se localizaba nada; no obstante, se halló algo similar a lo descrito bajo unas lonas en la otra acera. Al preguntar sobre si podía alguien contar cómo vivió el suceso y si sabía algo de una persona “indigente” que resultó herida, un hombre —alto, fornido, con corte de casquete oscuro desvanecido, algunas canas visibles y bigote— dejó de trabajar una llanta para voltear amablemente. “Hola, yo sólo vi la flama, pero hasta acá no llegó. Aquí a la vuelta pregunta, ahí seguro te pueden ayudar”, dijo.
Avanzando, se ingresó a un lugar con varios autos donde un hombre delgado y de baja estatura, desde el primer momento, miró con extrañeza. “¿Qué pasó? ¿Qué se le ofrece por aquí?” exclamó acercándose rápidamente como identificando a alguien ajeno. “Estoy haciendo un reportaje sobre lo que sucedió el miércoles”, atiné a decir, ante lo cual contestó “¡Ah! Híjole, es que yo voy de salida a dejar a mi hija a la escuela, si no con gusto te ayudaba, pero ven, tal vez ellos te quieran contar algo”. Me condujo a una pequeña cabina, donde de inmediato un joven se negó a platicar y un hombre de la tercera edad actuó de manera similar, asegurando que él no había estado el día de la tragedia.
“Entonces espera a que termine la junta de esa carpa y pregúntales, ellos sí saben”, sugirió el primer hombre previo a irse con su familia. Al paso de los minutos y la caída de las primeras gotas de lluvia, el anciano se acercó para recomendar mejor ir a preguntar a otros lados, con personas de las casas de enfrente, por ejemplo. Sin embargo, al notar que la gente de la reunión comenzaba a despedirse y salir, fue el momento idóneo para acudir a la carpa.
Con la duda de a quién acercarse, el primer contacto fue con dos mujeres aún más grandes de edad, con el cabello completamente canoso y una de ellas en silla de ruedas. “¡Ay, no, no, no! Mire, es que, no queremos ni recordarlo, quedamos traumadas con eso”, expresó esta última. De repente, una mujer más joven, de aproximadamente 50 años, se acercó para lanzar la misma pregunta “¿Qué se le ofrece?”; ante la respuesta explicando el motivo de la visita, dudó e indicó también que no quería hablar más de eso, pero que buscáramos a la vuelta a Wilibaldo, “El Pelón”.
“Llévalo con tu tío”, ordenó a un segundo joven, quien amablemente me dirigió a la vulcanizadora y señaló a la misma persona que inicialmente nos había referido con ellos. Dudoso de si querría hablar quien se había negado ya a hacerlo, tocó esperar a que terminara una llamada telefónica, pero otra vez saltó casi el mismo cuestionamiento para a quien ven como un extraño: “¿Qué pasó? ¿A quién busca?”
Adolfo, “La Ardilla” y la tragedia
Esta vez, las preguntas vinieron de una mesita bajo a otra lona junto a la vulcanizadora. Se trataba de Magdalena, hermana de “El Pelón”, quien de inmediato aceptó hablar del caso de Adolfo. “¿Quién?”, preguntó Juan Carlos, quien renta grúas, junto a ella. “La Ardilla”, le indicó a fin de que lo identificara fácilmente. “Así le decimos de cariño”, compartió ella.
La nueva “informante” contó que debajo del Puente de la Concordia había una “covacha” donde solían estar más de 10 personas de diversas edades, desde “chamacas” hasta “chavillos”, para convivir, comer o pernoctar. Relató que “La Ardilla” trabajaba en una talachería y que el trágico miércoles, este decidió irse a su descanso debajo del distribuidor vial, donde acudía para disfrutar del pasto, la sombra de los carriles elevados y el fresco. Por eso el estallido lo encontró de frente.
“Con la sombra uno se queda bien dormido, yo me imagino que cuando ya sintió la pinche explosión fue cuando reaccionó. Llegó aquí del otro lado pidiendo auxilio, de por sí salió pidiendo auxilio, que lo ayudaran, que no veía. Ya me imagino que por puro instinto se acordó de venirse hasta acá y ya uno de mis sobrinos salió y lo ayudó. Fue cuando llegaron las paramédicas y lo atendieron”, añadió José Carlos arrebatando la palabra.
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Recordó que en el momento del estallido todo “brincó” a su alrededor, pese a estar a casi medio kilómetro de distancia de la pipa. Asimismo, narró que las ventanas de las casas se oían como un zumbido de abejas e incluso la de su grúa.
Según este indicó, “La Ardilla” es quien el gobierno había identificado incialmente como el paciente «Adolfo N», de 30 años, reportado hasta el jueves por la noche como «delicado» e internado en el Hospital Regional Zaragoza del ISSSTE. Para ese momento, cerca de las 2:30 p.m. —casi 48 horas tras el trágico evento— afirmó que les habían hecho saber que él ya estaba “estable” pese a la magnitud de las lesiones, pero que al parecer la otra persona que estaba con él no aguantó y falleció.
Enseguida, explicó que el desconocimiento de quién era la otra persona se debe a que, fuera de su amigo, casi no tienen mucho contacto con otros sin hogar. Comentó que de vez en cuando algunos se acercan ahí a venderles un tapón de autos para ganarse unos pesos y adquirir el activo o la droga, destacando que cerca, en otro puente, hay mucha gente así.
Magdalena resaltó que Adolfo trabaja y por ello todo el mundo lo ayudaba, aunque de vez en cuando le daba la “loquera” de andar con sus amigos y drogarse por ahí. Apuntó que, pese a que se le identifica como una persona de la calle, en realidad este tiene una casa y una familia. Recordó que en algún momento le contó que estaba separado de su mujer, pero que tenía dos hijas cerca a los que a veces acudía a ver, aunque nunca les compartió alguna dirección o referencia alguna sobre esa vida.
“‘El Ardilla’ era un chico muy bueno”
La despedida llegó con ellos para poder hablar con Wilibaldo, quien ya se encontraba sentado descansando junto a su hijo. Cuestionándole sobre los hechos, insistió en un primer momento que él no vio nada de muertos y fue hasta después que se enteró. Abordado sobre si conocía a Adolfo y si él lo vio pedir ayuda, aseguró que no, hasta que su vástago le indicó que este era “El Ardilla”, haciendo que su semblante y mirar cambiaran reflejando dolor mientras guardaba un breve silencio.
“‘Ardilla’ era un chico muy bueno, es el único recuerdo. Ahorita ya no queremos recordar nada de eso, hijo. Mejor nos quedamos con los recuerdos, es gacho ¿no? Nos quedamos con los recuerdos del chavo. No trabajaba aquí, trabajaba de aquel lado, pero aquí siempre lo apreciábamos al chavo, pero mejor nos quedamos con el recuerdo”, mencionó tristemente.
La explicación de esta reacción llegaría un momento después. Volviendo con Magdalena y Juan Carlos para preguntarles cuánto tiempo tenían de conocer a Adolfo, dijeron que como dos o tres años, pero que a veces dejaban de verlo por meses. Enseguida, ella tomó su celular y comenzó a mostrar un video del momento en el cual se ve a la víctima llegar corriendo del otro lado del terreno.
“Ahí está Wilibaldo”, pronunció Juan Carlos, destacando cómo corría intentando proteger a su amigo con una cobija ante la desnudez y quemaduras que presentaba al momento de solicitar el apoyo de quienes lo conocían.
“Ahí va mi sobrino, yo estoy de este lado. Subí corriendo a ver a mi sobrino porque estaba arreglando su grúa. No mames, ya ni pelé al otro cuando me dice oye ‘El Ardillita se quemó’, ni lo pelé yo. Cuando lo vi –a este cábula— dije ‘No mames, estuvo cabrón’. Esto fue algo impactante”, expresó.
La lista de personas heridas, fallecidas y dadas publicada por la Secretaría de Salud de CDMX este pasado sábado 13 de septiembre, identificaba ya a esta víctima como Adolfo Franco Madrigal. En el corte de las 10:00 horas, se mantenía con vida; sin embargo, para entonces esta instancia ya no detallaba en sus informes el estatus de la salud de las personas internadas.
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