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Cultura

Juan Villoro, el difícil arte de razonar escalofrío

Fotografía de José Juan De Ávila

Juan Villoro (1956) considera a las bibliotecas de los escritores sus familias: dime qué lees y te diré quién eres, parafrasea al óraculo de Delfos. Su último volumen de ensayos, La utilidad del deseo (Anagrama, 2017) es para quien lee muchos libros, libros sobre libros, pero también es una autobiografía literaria de un escritor que ha cultivado todos los géneros, ajonjolí de todas las literaturas: crónica, novela, cuento, periodismo, aforismo, ensayo, poesía, traducción, narrativa infantil y, como Stéphane Mallarmé o Jorge Cuesta, la conversación. La utilidad del deseo aborda el difícil arte de razonar escalofrío, el difícil arte del pez piloto que acerca al tiburón de los autores clásicos a sus futuras presas: otros lectores, en una suerte de laberinto borgiano donde el hilo de Ariadna son más libros.

Siempre sonriente aun cuando habla con pesimismo sobre la política mexicana, el autor de El testigo presentó hace algunas semanas en España La utilidad del deseo, ahora vuelve a México, para enfrentarlo al lector el próximo jueves en la Gandhi de Quevedo, a las 19:30 horas. Más enfocado a autores clásicos, como los hermanos Grimm, de quienes toma el título, que a las obras, su nueva obra es la familia literaria de Villoro: Defoe, Goethe, Dostoievski, Gogol, Chévoj, Tolstoi o Joyce establecen un diálogo con Velarde, Monsiváis, Pitol o Ibargüengoitia, con Villoro como medium y el lector de testigo. Por sus páginas deambulan también Borges, Kafka y Rulfo. Esta entrevista es para quienes gustan de leer mucho, para quienes disfrutan leer y escuchar a un clásico vivo de la literatura mexicana.

Los temas que abordas en La utilidad del deseo me parecen vinculados con tu anterior libro de ensayos literarios De eso se trata (Anagrama, 2008). ¿Me puedes hablar de esa conexión?

Hay temas recurrentes entre ambos libros y con uno anterior, Efectos personales (Anagrama, 2006) que también es de ensayos, porque inevitablemente uno como lector tiene una especie de familia ampliada que son los autores a los que regresas una y otra vez. De manera un tanto accidental editores solicitan prólogos o comentarios sobre autores sabiendo que te han interesado. Quizás, a través del tiempo, yo pueda hacer una ordenación de los ensayos completos, buscando familias. Por ejemplo, en Efectos personales hay un ensayo sobre la traducción, que es un tema que me ha interesado mucho, y en La utilidad del deseo, hay otro ensayo sobre la traducción. Y así sucesivamente. Hay autores que regresan y otros que volverán a regresar, algunos que no están considerados como protagonistas de un ensayo, por ejemplo Borges, que en forma transversal recorren muchos ensayos con comentarios tanto en este libro como en los anteriores. Se trata de un corte en el tiempo en donde compartes los entusiasmos que has podido razonar en los últimos años, pero que desde luego tienen que ver con otros que has tenido antes.

En La utilidad del deseo tus ensayos están más enfocados al autor que a la obra. ¿Por qué te preocupa más el autor que la obra?

Es una muy buena pregunta. Yo no soy un académico ni un historiador de la literatura. Mi nivel de erudición no es absoluto, trato de informarme respecto de cada autor y de su obra de la mejor manera, pero no soy exhaustivo. Y básicamente he querido escribir los ensayos de un narrador, alguien que se dedica también a escribir cuentos y novelas. Y me parece muy importante la personalidad del autor, la circunstancia en la que él ha vivido, su temperamento, su psicología, los quebrantos que enfrentó en vida. Si tú entiendes que Daniel Defoe fue un dinámico y muy fallido empresario, que estuvo varias veces en bancarrota, que fue a dar a la cárcel, que tuvo una vida muy revuelta en ese campo, que fue pionero en el periodismo financiero, que estuvo metido en política tratando de hacer negocios y que emprendió unas de las más audaces aventuras, pues a partir de todas estas circunstancias comprendes que de pronto haya tratando de reinventarse a sí mismo en una isla desierta a partir de una figura como Robinson Crusoe, que es alguien que, a diferencia de su autor, sí logra controlar su entorno, se sobrepone a un naufragio y se convierte en una especie de héroe del capitalismo: logra dominar la naturaleza, llega otra persona de una etnia diferente, Viernes, y se convierte de inmediato en su subordinado… Todo lo que no pudo hacer en vida Daniel Defoe lo imaginó en esa isla. Y a mí me interesa mucho como narrador tratar de descifrar ciertas claves personales de los autores y también de la época que vivieron para explicar su trabajo. En ese sentido se trata de figuras con paisaje y en ocasiones es el paisaje el que las explica, nadie es ajeno a su circunstancia; como alguna vez opinó Borges, en el fondo no hay literaturas individuales, todo autor está condicionado por una enorme cantidad de referencias políticas, religiosas, sociales, familiares, psicológicas que definen lo que ha hecho. Yo trato de meterme a eso, que me parece muy literario: el factor humano detrás de la creación.

Me da la impresión que tú lees la obra de estos autores más para enterarte de su vida que por la propia obra.

La obra es absolutamente esencial y hay muchas referencias concretísimas a su trabajo. Por ejemplo, hay un ensayo comparativo muy arriesgado entre López Velarde y James Joyce. Muy arriesgado porque son autores que en principio no tienen nada que ver desde el punto de vista técnico: un poeta mexicano que dejó un puñado de versos y murió a los 33 años y un caudaloso novelista irlandés. Sin embargo, sus condiciones de vida son muy similares, por haber sido católicos, por haber vivido en la periferia de un imperio, por haber entendido que el terruño se recupera mejor como una nostalgia, por haber intentado una especie de Odisea del regreso en su obra. Todas estas características los unen, pero técnicamente son muy distintos. Por ejemplo, aquí me interesaba hacer la historia de vida de ambos, eso que los une, pero luego también señalar las muchas diferencias que tienen en términos técnicos, porque son autores que claramente se dedican a géneros diferentes, aunque Joyce también cultivó la poesía, pero con un criterio muy diferente al de López Velarde. Entonces, en mi libro hay muchas referencias a la forma en que se escribe la literatura, pero también muchas a las causas externas a la literatura que la determinan. El primero de los textos, que se llama La pasión y la condena, se ocupa precisamente de esto, por qué alguien se dedica a la tarea tan sorprendente, y en cierto sentido absurda, de encerrarse durante meses, o a veces años, en un cuarto, ante una mesa revuelta, a imaginar cosas por escrito. Por eso es una condición contra natura. ¿Qué es lo que lleva a una persona a hacer esto? Hay, por supuesto, algo volitivo que te entusiasma, ahí está la pasión; pero también hay algo que es inevitable para ti, que no puedes dejar de hacer, es la condena. ¿Qué sentimiento de culpa, qué afán de compensación, qué necesidad de suplantación tienes tú para imaginarte en el otro, a través de las páginas de un libro, y para corregir una y otra vez obsesivamente. Es una actividad bastante peculiar. Y desde el principio, desde este ensayo rector, trato de entender de esa manera a los autores. ¿Por qué ellos son el tipo de escritores que conocemos? Dostoievsky crea personajes únicos, pero después de haber pasado por un momento absolutamente único, que fue el simulacro de fusilamiento que le hicieron; y el momento más feliz de su vida, lo gozó en una cárcel, cuando supo que seguía vivo, aunque venían para él varios años en Siberia, pero eso significaba la supervivencia y el aprendizaje del dolor y del sufrimiento, propio y ajeno. Entendió Siberia como una gran escuela narrativa y logró cuajar personajes que solamente fueron posibles gracias a esta circunstancia tan peculiar. Me interesa, pues, el resultado de lo que hizo Dostoievsky, pero también me interesa mucho su motivación.

Todos los autores que abordas son clásicos de la literatura, incluso los mexicanos. ¿Qué esperas del lector actual mexicano, en un país donde no se lee? ¿Para quién escribes un ensayo sobre un autor clásico?

Este es un libro para quien ya le gustan mucho los libros. No es un libro para atrapar a alguien por primera vez en la lectura. Yo escribo libros para niños y algunos tienen que ver con el misterio de la lectura; por ejemplo, El libro salvaje, ése es un libro de iniciación. La utilidad del deseo es un libro de culminación, en cierto sentido, no porque después de este libro ya no se puedan leer más libros, sino porque es un libro que dialoga con otros y el mejor resultado que podría tener es el de que un lector, por lo que aquí ha leído, se interese en autores que todavía no conoce. Yo soy un poco un intermediario para alguien que ya ha leído libros, es como una biblioteca portátil en donde yo estoy recomendando títulos para ver si alguien se acerca a ellos. Ahora, decimos con excesiva reiteración que “nadie lee en México”; lo mismo se decía en el siglo XVII de Daniel Defoe: que nadie leía, y parece un tanto inútil que él inventara un género, que era la novela realista en ese momento, género al que debe su posteridad. Y en todo momento ha habido este mismo reclamo de que quienes leen son una minoría, de que el libro está amenazado de muerte. Pero nosotros vemos que a la feria de Guadalajara asisten cientos de miles de personas, que hay libros que venden mucho, que hay libros que venden poco, pero siguen vendiendo a través del tiempo, y que no podemos renunciar a describir nuestro mundo a partir de los libros. Por supuesto que este es un arte minoritario el de escribir libros sobre libros, pero hay minorías que perduran. A mí, por ejemplo, como lector, me interesa mucho no solamente lo que un autor escribe, sino qué libros lo hicieron posible; cuando un autor me interesa, no sé, por ejemplo, Anthony Burgess, Italo Calvino, Juan Rulfo, de inmediato quiero saber cuáles fueron los libros que leyó para convertirse en eso. Algunos lo razonan por escrito y dejan libros de ensayos, en otros lo tienes que buscar a través de biografías o entrevistas. Eso es fascinante, esa pesquisa un tanto detectivesca para encontrar la familia secreta de tus autores. Además, muchos escritores son muy vivos y, al modo de los criminales, tratan de borrar sus huellas; entonces, no mencionan a un autor que los ha influido en exceso para que no se note tanto esta influencia, o incluso hablan mal de él. Ese juego también es muy interesante. Y este libro es para ese tipo de lectores, que quieren no solamente leer un autor, sino saber también qué otros libros lo constituyen y cómo se pueden establecer conexiones de pronto sorprendentes entre autores que parecían muy aislados.

Podemos decir entonces que estos libros que citas en tus ensayos son tu propia biografía.

Hay mucho de eso, la verdad, Creo que es una biografía intelectual, es como un strip tease al revés. O sea, en un strip tease te vas desnudando, en cambio cuando estás leyendo a los demás y estás seleccionando lo que te gusta, te estás cubriendo de citas, te estás cubriendo de libros, cubriendo de autores. Pero todo esto que te estás echando encima te está definiendo, digamos ese es tu cuerpo mental, está hecho de eso. Por eso me parece tan buena la frase de Rodrigo Fresán, que dice que las raíces de un escritor no están en el piso sino en las paredes, porque es los libros que ha leído. Es una frase que proviene de un escritor que ha padecido el exilio, como niño en Venezuela, y actualmente vive en Barcelona, siendo argentino. Y él entiende muy bien estos desplazamientos. Más allá de la circunstancia puntual del escritor nómada, que tiene que dejar su país, esto se refiere a cualquier autor. O sea, los libros que tiene en la pared son el retrato de su mente. Y ésas son sus raíces más genuinas. Y la paradoja es que muchas de esas raíces pueden chinas, árabes o rusas. A mí me sorprendió mucho cuando tuve la suerte de conocer a Kenzaburo Oé en Barcelona, él supo que yo era mexicano, de inmediato me empezó a hablar de su estancia en México. Le dije: “¿Cómo es que conoce también a México y que estuvo dos años estudiando en el Colegio de México?”. Me respondió: “Es que yo quería ir al país de Rulfo, es el escritor que más me ha marcado y es el que ha definido mi trayectoria de mejor manera”. Entonces ahí tienes a un japonés que se deja influir de un autor de una circunstancia totalmente diferente, que escribe de fantasmas, pero le dice algo distinto a un autor de una tradición que está llena de fantasmas, porque a la tradición japonesa no le faltan fantasmas, y sin embargo, el estímulo decisivo de Oé proviene de México.

Voy a contradecir un poco lo que decías hace rato, respecto de que es un libro para lectores que leen mucho. En La utilidad del deseo hablas de muchos autores que no conozco, y al leer el ensayo me atrapa y me hace querer leer a esos autores.

Que bueno que mencionas esto, porque yo quisiera atemperar un poquito. Es para alguien a quien le gusta leer libros sobre libros, que le gusta leer mucho, pero no necesariamente un especialista. Es decir, no tiene que saber de todos estos autores para leer el libro, algunos le resonarán, otros no. Y pienso que también para el especialista, aquel que sabe mucho más que yo de un autor, habrá algo aquí que pueda resultar singular. Por ejemplo, hay autores que muchísima gente ha leído, Gabriel García Márquez, por ejemplo. Crónica de una muerte anunciada es uno de sus libros más frecuentados. Entonces ahí yo estoy jugando en un campo en donde mucha gente tiene una referencia previa. Pero hay otros, Rodolfo Usigli, precursor de la dramaturgia mexicana, que no son tan frecuentados en México o para un lector de otro lado; o Peter Handke, que siempre ha sido un autor de minorías. En estos registros yo pienso que quien ha leído a García Márquez puede encontrar algo distinto, si es que ya conoce al autor; o dejarse seducir por alguna sugerencia que él no había pensado; o incluso romper el prejuicio de que se trata de un autor analizable, porque a veces le pasa a los autores exageradamente famosos, que ya no son material de la crítica. A los críticos les gusta descubrir autores, consagrar ciertos prestigios que se han ignorado, les encanta la figura del autor raro que necesita un crítico para salir adelante. O sea se consideran como el pez piloto del tiburón.

Es justo lo que hiciste tú con Lichtenberg.

Exactamente. A mí me ha tocado, precisamente con Lichtenberg, un autor del siglo XVIII que nadie conocía en nuestra tradición y que traduje por primera vez en un libro en español, entonces cuando introduces un autor, sientes esa vanidad del pez piloto que está guiando al tiburón hacia los demás, hacia sus presas futuras. En ocasiones nos olvidamos de ciertos autores ya muy comentados, precisamente por eso, de eso se trata. Regreso al Quijote y a Hamlet, dos obras que han tenido bibliotecas enteras; y en este caso a un autor comentadísimo y muy leído, como es García Márquez, con Crónica de una muerte anunciada, pero incluso cuando regresas sobre obras ya frecuentadas, puedes tener una oportunidad de encontrar una sorpresa marginal. Entonces se combinan estas lecturas, digamos la presentación de autores no tan frecuentados o conocidos con el regreso a algunos que el lector conoce muchas veces mejor que yo.

Tú eres uno de los conocedores de la literatura mexicana e iberoamericana más privilegiados, porque has convivido prácticamente con todos los de tu generación y las posteriores. Pero en tu libro no hay ensayos sobre autores mexicanos vivos menores de 40 años en tu libro. ¿A qué se debe esto? ¿Te has puesto a pensar un libro de autores mexicanos contemporáneos?

Sí. Los tres libros de ensayos que he publicado han abordado a autores con una vida ya hecha y con una obra prácticamente concluida. En Efectos personales traté de autores muy cercanos a mí, porque fueron mis maestros: Augusto Monterroso, Sergio Pitol, Alejandro Rossi. Ahora en La utilidad del deseo aparece Carlos Monsiváis, ese texto tiene bastante de crónica porque conocí al autor, cuento anécdotas de él, y él era además de un escritor que renovó el género de la crónica, un personaje público muy significativo, y está participación formaba parte de su ejecutoria. Entonces hay elementos de crónica. Hasta ahora he preferido hacerlo así, porque me parece que en los ensayos ya publicados en libro, se trata de algo más definitivo. Pero he escrito muchas notas sueltas. Sobre Fabio Morábito, Francisco Hinojosa, Christopher Domínguez y su biografía de Octavio Paz, Carmen Boullosa, Verónica Gerber, Álvaro Enrigue, Guadalupe Nettel, Pedro Ángel Palau, todos estos autores me han interesado mucho, he escrito sobre ellos pero no un ensayo, porque todos ellos están en movimiento. Espero vivir lo suficiente para poder tener un dictamen más amplio de lo que han hecho. Pero quizá sería interesante hacer un libro, como sugieres tú, como de un corte de caja, o sea que no sea definitivo, pero que sea de un momento: hasta ahora estos autores me han interesado. Luis Humberto Crosswhite, del autor espléndido de Tijuana, también he escrito. En fin, he escrito sobre Daniel Sada, sobre muchos de ellos. Daniel Sada ya es una voz desgraciadamente concluida en la literatura porque murió hace un par de años, y sobre él ya podría escribir un ensayo ya más definitivo.

Este libro finalmente también es una guía de cómo leer a un autor, sin pedantería, sino das pautas a un lector para acercarse a un autor. Tú que sugieres cómo leer a Goethe, Defoe o Lichtenberg, ¿cómo hay que leer a Juan Villoro?

Creo que hay dos momentos básicos de la lectura. Uno, que depende exclusivamente del gusto y la pasión, que es el más genuino, me parece importantísimo que uno responda exclusivamente al gusto de leer, por eso el título de La utilidad del deseo, tomado de los cuentos de hadas de los hermanos Grimm, que es esta ilusión de abrir un libro para que los deseos se cumplan. Y eso tiene que ver con el placer, tiene que ver con el gusto. Esa es la primera noción. Decía Nabokov que cuando un libro te gustaba, la reacción crítica más genuina era que sentías un escalofrío en el espinazo, algo te cautivaba de manera casi animal y no sabías por qué. Ésa es la primera manera de leer. La segunda, es tratar de explicar eso, y creo que ahí el que escribe un ensayo o el que toma notas o el que conversa en un café con un amigo acerca de un libro, está haciendo una especie de autoaprendizaje, o sea está tratando de explicarle al otro, pero sobre todo a sí mismo, por qué le gustó un libro. Ése es el difícil arte de razonar escalofrío: ya sentiste tú el escalofrío en el espinazo, pero entonces ahora explícale a otra persona por qué pasó eso y explícatelo a ti mismo, qué fue lo que te cautivó tanto en aquel libro. Y ese es el segundo momento, que me parece extraordinario, no necesariamente se debe hacer en un ensayo ni debe tratarse de un escritor profesional, sino que simplemente lees algo que te gusta, la primera reacción consiste en tratar de compartirlo con una persona cercana. No creo que haya clásicos secretos para nadie, lees un libro, te gusta y, de inmediato, le dices a alguien: “Oye, leí una cosa interesantísima”. Y empiezas a hablar de eso.

Preguntaba eso en función de que tradicionalmente en tu obra usas la crónica para cuestiones sociales, políticas; el ensayo para cuestiones literarias. Tú tienes una parte política bastante importante, particularmente ahora. Toda tu carrera has estado involucrado con la reflexión sobre la política y la sociedad mexicana. En ese sentido iba la pregunta de ¿cómo leer a Juan Villoro en esos dos ámbitos?

Ahí también, en el caso de un autor, hay distintos registros. Y yo sobre todo me he ocupado de temas puntuales de la actualidad en el periodismo, en los artículos de fondo, en algunas crónicas y también por ahí en algunos ensayos. Tal vez en el futuro haya una reunión de textos políticos que desde luego serán la crónica de un fracaso, porque vemos que el país no ha mejorado mucho gracias a lo que yo he dicho.

Hablando de fracasos. ¿Qué está pasando con Marichuy?

Es una situación muy complicada. Se tomó la decisión por parte del Consejo Indígena de Gobierno de participar en una campaña totalmente desigual, para protestar contra la discriminación y lo primero que recibe este proyecto es un recurso discriminatorio, que es una aplicación que hay que descargar en un teléfono de gama media, que cuesta unos 5 mil pesos, y que es prácticamente inasequible para muchas comunidades que no tienen conectividad, que no tienen luz eléctrica y que no tienen recursos. Entonces se ha creado una democracia para ricos por parte del INE (Instituto Nacional Electoral), en la que es muy difícil participar. Por otra parte, los partidos políticos son los que crean las condiciones de acceso, pues han puesto una cuota altísima de firmas y repartidas en al menos 17 estados de la república. Entonces va a ser muy muy difícil llegar a esto. Pero justamente se trata de hacer un esfuerzo enorme, entre otras cosas, si no se llega a la boleta, para demostrar la imposibilidad de hacerlo, para demostrar la enorme inequidad. Margarita Zavala y El Bronco tienen personas a sueldo, trabajando para ellos, y aun así no han logrado recabar las firmas, y muchas de estas personas a sueldo son pagadas por nosotros, los contribuyentes. Ese el tipo de independientes que se está buscando. Entonces yo creo que este ejercicio de participación servirá también para desnudar esta inequidad de la contienda. Y para que las comunidades indígenas se organicen mucho mejor y es un movimiento que seguirá más allá de esta circunstancia puntual. Yo he estado muy contento de ser un testigo y acompañante de este proceso.

En los periódicos hablan en conjunto de los independientes como de un fracaso de este proceso electoral. En el caso concreto de Marichuy, ¿quién fracasa si ella no consigue las firmas?

Fracasa una sociedad que pretende abrir puertas y las está cerrando. Esa es la característica esencial. Si tú quieres hacer un partido político en Italia, en Francia, en España, es facilísimo. Una organización política como Podemos surgió de la nada y contó con todo el apoyo legal para convertirse en una plataforma pública. En México esto es imposible, la democracia está cerrada y es el tipo de democracia que han construido los partidos políticos que han entendido que la política es un negocio maravilloso para los que están adentro, y que no hay que dejar entrar a nadie más. Los ciudadanos sólo tenemos poder el día del voto y el domingo ya caduca nuestro poder, la noche del domingo.

Dices que se está creando una democracia para ricos. ¿Es también una democracia para blancos, para mestizos, racista?

Desde luego la discriminación es muy clara y por eso me interesó muchísimo la candidatura de Marichu Patricio, porque ella representa a los que han sido doblemente segregados, que son los indígenas y las mujeres. Es muy significativo el hecho de que en todos sus actos sólo hablan mujeres y hay una propuesta muy interesante de romper con una sociedad patriarcal y una sociedad racista. Y eso lo estamos poniendo también ahorita en blanco y negro y se está constatando que no es posible luchar, pero lo estamos demostrando en los hechos.

A ti que te encanta la ironía y que la llevas muy bien en tus libros, pues en el nombre de María de Jesús Patricio Martínez hay una ironía brutal. El apellido “Patricio” para una mujer que ha sido siempre marginada.

Exactamente. En su propia familia, en su propia condición campesina, en su propia condición de mujer, y se está rebelando contra todo esto.

En 2006 tú apoyabas a Andrés Manuel López Obrador. Y ahora ya no. ¿Qué cambió? ¿Cambiaste tú? ¿Cambió López Obrador? ¿Cambió el país?

Primero que nada cada uno de nosotros nos tenemos que situar en las alternativas que estamos enfrentando. A lo largo de la historia ha habido cambios muy notables. El ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, por ejemplo, renunció al partido que él fundó, que es el PRD, y yo creo que esto lo honra, porque ya no es el partido que él había fundado. Entonces en el 2006 claramente López Obrador era el mejor candidato, en el 2012 era el menos malo. Pero ahora, al haber una opción diferente como la de María de Jesús Patricio, que rompe con los esquemas de los partidos establecidos, esta es la opción que hay que apoyar. Después del 2006 López Obrador, que tiene una innegable capacidad para la lucha social y que es una persona absolutamente entregada a su causa, pues también con el plantón, al aceptar ser “presidente legítimo”, al insistir exageradamente en el fraude y no en su propio proyecto y en las cosas que él podría haber hecho para ganar, pues se ha ido debilitando. Es un candidato, como todos, sujeto al juicio de la historia, y creo que el juicio de la historia es más exigente con él ahora, precisamente porque lleva mucho tiempo en la arena pública. Yo empecé militando en el Partido Mexicano de los Trabajadores, que dirigía Heberto Castillo, y este partido se extinguió voluntariamente para formar un frente amplio de izquierda. ¿Quiere decir esto que fuimos incongruentes respecto a nosotros mismos porque no seguimos nuestro partido? Me parece que no. Fue una transformación en función de un proyecto más amplio que nosotros. Creo que fue una transformación generosa. Y así como hay que actuar en política, hay que ir viendo en cada momento dónde te puedes situar tú. Y creo que ahora, si pensamos en los cambios que deben ser desde abajo, y no con componendas, con pactos, con triquiñuelas politiqueras, pues la opción más limpia, más interesante, para mí es la de Marichuy. Y probablemente la más débil, también. Pero siempre hay que estar con las causas que pierden por buena razón.

Fotografía de José Juan de Ávila

 

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